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Cada comercio de proximidad que cierra en Barcelona es un pequeño drama. Y si el establecimiento que lo hace está en pleno centro de la Rambla del Poblenou, el lugar de Sant Martí más castigado por la gentrificación y la afluencia de negocios (brunch, cafeterías de especialidad...) que no tienen nada que ver con la población autóctona que se aferra al barrio con uñas y dientes, el drama es doble. Y este es el caso que nos ocupa: la panadería y pastelería artesana Cruixent, que abrió en el Poblenou en el año 2013, bajó la persiana el pasado 31 de julio.
Lo anunció en su cuenta de Instagram a finales de julio: "Durante 14 años hemos luchado por adaptarnos a los cambios, reinventarnos y sacar adelante este proyecto con dedicación y pasión. Pero los últimos años, en un contexto socioeconómico cada vez más complicado, nos han acabado haciendo entender que hay batallas que un pequeño negocio no puede ganar solo", explica su publicación.
El panadero e ingeniero Josep Anton Ribas aduce diversos motivos por el cierre: Juana, la dueña, "ya hace tiempo que debería poder disfrutar de su jubilación", y su hijo, Uri, "que es ingeniero, podrá desarrollar su profesión en mejores condiciones".
La dificultad de mantener un pequeño negocio
Pero el motivo de fondo radica en que "mantener vivo un pequeño negocio es cada vez más inviable. Los costes no dejan de subir, los márgenes se estrechan y la cultura del consumo ha cambiado. Cada vez exigimos más inmediatez, precios más bajos y más comodidad, pero a menudo sin ser conscientes del coste que esto tiene para los pequeños comercios que intentan ofrecer un servicio cercano, humano y de calidad", es la acertada reflexión que hace Ribas.
Para los residentes del Poblenou, esta es una pérdida muy simbólica: era un comercio de proximidad en la Rambla con Pujades, centro social del barrio, encajonado entre cafeterías de especialidad. Y no es que cierre un comercio centenario, pero sí emblemático; porque era un negocio de barrio comprometido con el vecino, pero también con la innovación y la calidad.
En Cruixent se notaba el oficio de la familia Ribas, ingenieros, con la panificación contemporánea: Ribas padre fue asesor de una harinera, y en Cruixent desarrolló una fórmula que combinaba harinas de trigo 'forment' y maíz, además de levadura natural con una fermentación larga, aplicada a 'coques' de panadero aromáticas y compactas, sin grandes alveolos.
De hecho, las cocas de recapte eran una de las grandes especialidades de la casa, aunque sus panes (¡qué buenos estaban el integral y el gallego!) y la bollería tampoco se quedaban atrás. Y de hecho, el cierre de Cruixent evidencia, por enésima vez, la dificultad para que salga adelante un proyecto sin grandes inversores y de clase media, moderno y con vocación popular, como hasta hace poco ocurrió con Dr Zhang y Ofis.
Cruixent no era especialmente barato, pero sí de gran calidad: y los vecinos estábamos encantados de pagar esos céntimos de diferencia para dejar el dinero en una empresa familiar local en lugar de en una cadena participada por un fondo de inversión. Pero al parecer, esto no ha sido suficiente.
¿Eres panarra? Aún quedan muchas buenas panaderías artesanas en Barcelona

