Viatge a través del blau: La vida

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Viatge a través del blau: La vida

¿Sabéis qué problema tienen las grandes exposiciones? Pues, precisamente, que son grandes. Al final aquel encuentro de obras maestras indiscutibles resultan, delante del ojo cansado del espectador, un simple desfile de cromos. Son de agradecer las exposiciones llamadas de gabinete o de estudio, centradas en un tema ‘acotable’. Este es el caso de ‘Viaje a través del azul: La vida’, un título más largo que la exposición. ‘La Vida’ (1903) es la gran obra maestra de Picasso antes de ‘Las señoritas de Avignon (1907).

Separadas por cuatro años, pero no por una serie de obsesiones que atraviesan la obra y la vida de este malagueño barcelonés de adopción. Y todo ello, con un trasfondo trágico: cuando Picasso y su gran amigo Casagemas llegaron por primera vez a París, en 1900, conocieron dos hermanas y se enrollaron con ellas. En 1901Casagemas se suicidó en un restaurante en París después de disparar a su amada –que sonrió–, desesperado porque una sífilis le había dejado impotente. Ella, en lugar de consolarle, le había abandonado.

Eros y Thànatos del bracillo. Picasso y Casagemas iban a menudo a prostíbulos y habían sufrido más de una vez la sífilis. El deseo vital conduce a la muerte… Pero no nos pongamos trágicos. La exposición del Museo Picasso celebra que por primera vez desde que Picasso pintó ‘La Vida’ en Barcelona, en 1903, podemos admirar esta pieza del periodo azul. Y la podemos disfrutar, procedente del museo de arte de Cleveland, enfrontada a ‘Terrats de Barcelona’, del mismo año que, ¡oh sorpresa!, contiene un palimpsesto: una primera visión de ‘La Vida’.

Por su lado, ‘La Vida’ contiene, ¡segunda sorpresa!, otro palimpsesto: la pintura ‘Últimos momentos’, obra expuesta en Els Quatre Gats y en la Exposición Universal de París de 1900. Esta obra nos habla de la agonía… Para enriquecer este brutal diálogo, el Museo Picasso expone una serie de dibujos relacionados con la versión de ‘La Vida’ escondida detrás de las azoteas, y con la elaboración de la versión definitiva de Cleveland. Dibujos que pasan por una figura halada que protege el acto sexual y por la preceptiva visita al estudio del artista.

El secreto de todo ello, más allá de los magníficos estudios de color y composición, todavía flota sobre tela: estamos delante de cuatro instantes fundamentales de cualquier vida, con un retrato de Carles Casagemas al centro como àlter ego de Picasso. ¿De qué se sentía culpable el malagueño?

Por Ricard Mas

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