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Los 19 pueblos más bonitos del sur de Francia

Pueblos preciosos del otro lado de la frontera: escapadas a pocos kilómetros de Barcelona que nos llevan a Occitania y la Cataluña Norte

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No hay que irse muy lejos para visitar rincones de ensueño. Viajar en busca de las mejores escapadas cerca de Barcelona o visitar los mejores rincones de Catalunya viajando en tren es una buena opción. Pero ¿qué visitar en el sur de Francia, si solo tienes tres días? A pocos kilómetros de la frontera francesa se pueden descubrir pueblos llenos de historia y encanto. Sitios que no se olvidan, y a los que volverías a escaparte con tres días festivos por delante, también con playas fabulosas. Merece mucho la pena conocer la Cataluña del Norte y Occitania: una tierra preciosa que se puede considerar un espejo perfecto del norte de Cataluña, llena de lugares espectaculares de mar y de montaña.

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1. Colliure

Un pueblo hecho postal 

Los sabores de sus comidas y sus paisajes son cita obligada. Este pequeño pueblo de la Costa Roja, donde llegaron artistas como Matisse o Picasso, es sin duda una de las mejores escapadas que se pueden hacer si se quiere tranquilidad, playa de roca e imágenes de postal. Desde el Fort de Saint Elmo o la Torre de Madeloc contemplaréis Colliure a vuestros pies, con un casco antiguo de El Moré cerrado por las murallas del Castillo Real. La tumba de Machado es de peregrinación obligada y uno de los motivos más importantes para visitar este pueblo de la Cataluña Norte. 

2. Rocamador

La ciudad sagrada de Rocamador

La región de Midi-Pyrénées guarda una población que está considerada como la más bonita. Dicen que se parece a un lugar encantado. Casas e iglesias rodeadas de pasadizos, escaleras, puertas y balcones te transportan directamente a un cuento de hadas. El mirador sobre el río Alzou y el parque natural regional de Causses du Quercy son de gran interés, pero no menos la capilla de Notre-Dame, donde se puede contemplar la estatua de Santa Maria de Rocamadour, original del siglo XII y conocida como 'la Virgen Negra' (al estilo de la Moreneta). Si os detenéis en la entrada de la capilla, mirad hacia arriba: veréis la espada de Durandal, la legendaria espada de Roldán.

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3. Villafranca de Conflent

Un pueblo encajado entre montañas considerado Patrimonio de la Humanidad

También es (y con razón) uno de los pueblos más bonitos. Nos gusta porque todavía conserva todo el encanto medieval: la ciudadela, las calles, la muralla, las cuevas de Canalettes... Y, aunque con algunas cosas (como las tiendas) empieza a parecerse demasiado a Carcasona todavía no ha llegado a ese punto de turismo exagerado.

4. Céret

La ciudad del sur de Francia con un importante patrimonio cultural

¿Céret? Sí. Es cierto que, sobre todo si venimos de Conques, la decepción puede ser enorme pero Céret tiene una magia especial y una carta escondida: el Museo de Arte Moderno donde hay una colección bastante importante de cuadros de Picasso, Matisse y Chagall. Sobre todo del primero, que vivió allí un par de años. Otros imprescindibles: la Font Freda, el Puente del Diablo y la Ermita de Sant Ferriol. Y si os queréis sentir bohemios, poned rumbo a Le Grand Café, el lugar donde se reunían un montón de artistas durante la primera mitad del siglo XX.

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5. Pézenas

El pueblo francés que enamoró a Molière

Ubicada en Hérault, Occitania, Pézenas es una localidad rica en historia y arquitectura, con un centro bien conservado con mansiones renacentistas y calles adoquinadas. Conocida por su conexión con el dramaturgo Molière, la ciudad alberga el Museo Molière y diversos eventos culturales, como un célebre festival de teatro. El mercado semanal de los sábados es famoso por sus productos locales. Pézenas también ofrece una vibrante escena gastronómica –probad el 'petit pâté de Pézenas', un pastel de carne dulce– y es un buen punto neurálgico para visitar otros lugares de interés de la zona como las playas de Cap d'Agde y las ciudades de Montpellier y Béziers.

6. Banyuls-sur-Mer

Mar y montaña

Banyuls-sur-Mer (o Banyuls de la Marenda, en catalán) es el segundo pueblo que encuentras tras cruzar la frontera por la costa. Y merece una visita: esta parte del Rosellón es un espejo de la Costa Brava, pero sin la masificación turística. Como en la Albera, las montañas y los viñedos dan paso de repente a un pueblo de postal, con una amplia playa y un paseo marítimo junto al mar. Aquí nació el escultor Arístides Maillol, cuya casa y taller pueden visitarse en el museo dedicado al artista. Además, sus aguas forman parte de la Reserva Natural Marina de Cervera-Banyuls, la primera reserva marina de Francia, creada en 1974. Es un lugar ideal para bucear y practicar actividades acuáticas. Y está a solo veinte minutos de Portbou: una alternativa mucho más cercana para disfrutar del Mediterráneo.

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7. Torreilles

Dunas verdes junto al mar (y un pueblo medieval) 

Torreilles, en el corazón de los Pirineos Orientales y muy cerca de la playa, es una villa de origen medieval con muchos atractivos. Su encantador casco histórico está lleno de callejuelas donde refugiarse del sol y descubrir su arquitectura tradicional. Su playa también es una maravilla: una extensa lengua de arena salvaje, con dunas protegidas y restauradas y aguas tranquilas de color turquesa. Desde aquí se divisan los 60 kilómetros de Costa Bermeja. Además, Torreilles es perfecta para practicar deportes de aventura. La desembocadura del río Bourdigou forma una laguna de agua dulce y salada, precedida por cuatro kilómetros de parajes naturales y cañizales ideales para iniciarse en el piragüismo, la canoa o el kayak. Una opción perfecta para combinar naturaleza, playa y actividades al aire libre.

8. Canet-en-Roussillon

Tras la playa, el castillo

De nuevo: la tentación de establecer un paralelismo entre Canet-en-Roussillon y Empuriabrava es fuerte –poblaciones con marina, humedales, una playa enorme, mecas del turismo familiar– si no fuera porque Canet-en-Roussillon data de finales del siglo XVIII y tiene casco antiguo y lugares históricos de gran interés. La playa es un gran activo de esta población: nueve kilómetros de longitud impoluta y arenosa, a los pies de los Pirineos. Ideal para niños y personas mayores (y a 20 minutos a pie del paseo marítimo, podéis visitar un pueblito de cabañas de pescadores restauradas, a la orilla de la laguna de Canet, un paraje natural lleno de fauna y flora protegidas. Su casco antiguo merece un paseo con calma: sobre todo por su magnífico castillo del s. XII, que domina la población desde una colina, un gigante de piedra medio derruido que otea un dédalo de callejuelas antiguas. El contraste con Canet playa no puede ser más fuerte (y refrescante). 

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9. Lagrasse

Una joya medieval a medio camino entre Narbona y Carcasona

Un pueblo de cuento desconocido junto a Carcasona. Saliendo de esta villa, y a través de valles y viñas preciosas, se llena a este pequeño pueblo bañado por el río Orbieu. La iglesia de Saint Michel del siglo XIV y de estilo gótico, está perfectamente situada entre calles adoquinadas del pueblo. El edificio característico por excelencia es la abadía de Sainte-Marie. Fue fundada en el siglo VIII bajo la protección de Carlomagno y creció rápidamente gracias a diferentes donativos para llegar a ser lo que es ahora. Una muy buena opción para desconectar del bullicio de Carcasona.

10. Carcasona

La ciudadela medieval más famosa del sur de Francia

Ya sabemos que Carcasona 'ya no es lo que era'. Masificación turística y establecimientos que muchas veces están más cerca de un parque temático desvirtúan este pueblo medieval que hay que ver por lo menos una vez en la vida.

Sin embargo, Carcasona sigue siendo un buen plan para hacer una escapada en familia o para indagar un poco más en nuestro pasado común. Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, se respira historia por todas partes. Concretamente, se respiran 2.500 años de historia que hoy quedan cerrados en la ciudadela medieval que recomendamos visitar tanto desde dentro como desde fuera, para contemplarla en su máxima expresión. Comed una 'cassoulet' para tener fuerza suficiente para visitar la bastida de San Luís y la basílica de Saint Nazaire, y dejaos sorprender por todo lo que esconde. Eso sí: levantaos muy temprano y llegad los primeros, ¡los grupos organizados de turistas pueden ser muy molestos!

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11. Castelnou

Una maravilla de piedra y hierro

Este precioso pueblecito del departamento de los Pirineos Orientales está considerado uno de los pueblos más bonitos de Francia, y no seremos nosotros los que digamos lo contrario. Cuando asoma, de repente, frenas de forma instintiva en un recodo para admirarlo: es una isla medieval rodeada de bosque, con el macizo del Canigó al fondo.

Tiene dos grandes atractivos: un castillo medieval que data de finales del 900 y la iglesia románica de Santa María del Mercadal (s. XIII), situada fuera de las murallas. El gran valor añadido de esta población, claro, es ella misma: un laberinto de callejuelas de piedra y hiedra perfectamente conservado y en el que parece que el tiempo se ha detenido. Atentos a la magnífica artesanía de hierro de la puerta de la iglesia y su pintoresco cementerio. 

  • Qué hacer
  • Rutas y paseos
  • Saint-Jean-de-Luz

La joya oculta del País Basco francés

San Juan de Luz (Saint-Jean-de-Luz) es un pueblo costero que presume de bahía, de ventanas de colores, de playa, de surf y de un jardín botánico con vistas increíbles al mar Cantábrico. Sin duda, es uno de los rincones más bellos de Francia. Uno de los imprescindibles para visitar este pueblo de postal es el puerto dedicado a la pesca de la anchoa, la sardina y el atún. Aquí podrás admirar los barcos, las redes y la actividad matutina de su mercado. Otro lugar por donde vale la pena pasear es la Promenade Jacques Thibaud, el paseo marítimo que bordea la Gran Plage. Por último, se encuentra el Jardín Botánico litoral Paul Jovet, ubicado sobre un acantilado con unas impresionantes vistas al mar.

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13. Ainhoa

Unos de los pueblos más bonitos de Francia

En el País Vasco francés se abre paso este pequeño pueblo de tan solo 672 habitantes, un lugar que ha servido durante años como dormitorio para los peregrinos del camino de Santiago. Está formado por una calle principal llena de casas de estilo vasco de belleza impresionante. Sin embargo, la mayoría de casas originales fueron destruidas durante la Guerra de los Treinta Años y hoy en día solo quedan reconstrucciones. En el centro, tres elementos del imaginario euskaldun: la iglesia, el cementerio y el frontón. Al final de la calle principal se encuentra el Lavoir Alhaxurruta, con agua fresca que baja de las montañas por un terrado donde las mujeres del pueblo se reunían para lavar la ropa. Es famoso porque fue visitado por Napoleón III y su mujer en un viaje por la zona en 1858.

14. Conques

La joya medieval de Occitania

Dicen que es el pueblo más bonito de Francia y, probablemente lo es. O como mínimo está en el top 10. Un pueblo medieval, sí, pero que te traslada directamente a un cuento en plena Edad Media. Tendréis que conducir más o menos cuatro horas pero vale la pena. El castillo de les Humières, la Porte du Barry, la Chapelle Saint-Roch... Todo es sencillamente alucinante. Os sentiréis como en un escenario de película donde no podréis dejar de mirarlo todo a vuestro alrededor: el suelo, las calles, las puertas, los balcones... Piel de gallina y batería a cero.

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15. Duilhac-sous-Peyrepertuse

La visita indispensable al castillo cátaro de Peyrepertuse

En lo alto del municipio de Duilhac-sous-Peyrepertuse se encuentra el impresionante castillo cátaro de Peyrepertuse, denominado la ciudadela del vértigo. Ubicado sobre una de las montañas del macizo de Les Corbières, el castillo ofrece unas espléndida panorámica de las colinas de los alrededores. Esta inmensa fortaleza medieval, declarada Monumento Histórico, consta de tres partes: el castillo viejo, el recinto mediano y el castillo de San Jorge. Bajo la fortaleza se encuentra el pequeño pueblo de Duilhac-sous-Peyrepertuse, de unos 150 habitantes, un lugar ideal para pasear por sus calles y por el centro fortificado. 

16. La Couvertoirade

El pueblo templario que te traslada a la época medieval

Transportarse en el espacio-tiempo es posible, y más si te acercas a La Couvertoirade. Rodeado totalmente de murallas, es un pueblo muy pequeño que fue fundado a principios del siglo XII a partir de un castillo de los templarios. Actualmente, residen unos 25 habitantes dentro de la antigua puerta fortificada, donde se abren calles, pasadizos cubiertos y casas del siglo XV. Si subís por el camino de ronda de las murallas, os sentiréis los amos del mundo. Veréis una naturaleza excepcionalmente bien conservada, tiendas –también de artesanía y souvenirs–, pequeños restaurantes y rincones para reposar. Quizá no es tan espectacular como Carcasona, pero vale la pena pasar allí un fin de semana con alguien especial.

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17. La Roque-Gageac

Un pueblo de ensueño construido sobre un acantilado 

Un poco más al norte, en la prefectura de Périgord Noir, está La Roque-Gageac, uno de los pueblos más visitados de Francia, solo detrás de Saint Michel y Rocamador. Un acantilado muestra unas vistas panorámicas e increíbles con bosques al fondo, como si se tratara de una pintura paisajista. Casas de piedra y techos de pizarra se levantan junto al río Dordoña, por donde en otros tiempos se transportaba las mercancías y que ahora pasean turistas como si estuviéramos en Venecia. Henry Miller escribió: "Puede ser que un día Francia deje de existir, pero el Perigord sobrevivirá como sobreviven los sueños con los que se alimentan el alma de los hombres." ¡Tomad nota!

18. Minerve

Una joya medieval entre rocas y desfiladeros

Dejando atrás los viñedos del Minervois y adentrándonos en el Haut-Languedoc aparece Minerve, uno de esos pueblos que parecen colocados a propósito sobre el paisaje. La localidad medieval se encarama sobre un impresionante espolón rocoso y forma parte de la exclusiva lista de los pueblos más bonitos de Francia. Pero lo mejor está también alrededor: las gargantas del Cesse y del Brian dibujan un paisaje espectacular, con enormes puentes naturales excavados por el agua. Un rincón de Occitania donde historia y naturaleza se dan la mano y que, por algo, cuenta con la distinción de Gran Sitio de Francia.

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19. Montolieu

El pueblo del libro y las artes

Montolieu es uno de esos pueblos que se disfrutan sin prisa, especialmente si os gustan los libros, el arte y los paseos largos. Aquí podéis rebuscar entre ejemplares antiguos, cómics, pósteres y periódicos del siglo XIX en sus numerosas librerías, o descubrir exposiciones y talleres de artistas. También merece la pena perderse por sus callejuelas floridas, entrar en la enorme iglesia de Saint-André y acercarse a la antigua Manufacture Royale de Draps. Para refrescarse, nada como seguir el sendero de los Molinos de la Dure junto al río Alzeau, con varios miradores por el camino. Y si queréis una panorámica memorable, subid hasta la capilla de Saint Roch, rodeada de cipreses centenarios.

Dónde comer

Restaurante l'Hostal

Si queréis comida sabrosa, pero sin complicaros demasiado la vida, L'Hostal, en Castelnou, es vuestro sitio. Este restaurante abierto a principios de los años 60 del siglo XX –con una terraza panorámica y una vista magnífica sobre el valle del Agly y el comienzo de las Corbières– ofrece una solvente cocina de brasa y producto a precios que no pican, como para ejemplo un cochinillo en horno de leña. Ideal para turistear sin tener la sensación de que te endosan el menú turístico. Platazos completos que por poco más de 15 euros te dejan fino: como un espléndido tartar de buey con patatas fritas y ensalada incluidas.

Le Fanal

Le Fanal del chef de origen catalán Pascal Borrell es toda una institución en los Pirineos Orientales: ostentó una Michelin durante 20 años, los últimos diez en el emplazamiento de Banyuls de la Marenda. Hoy está recomendado en la prestigiosa guia. 

Si el estilo de Michelin molecular con platos que estallan y humean te agobia, este es tu lugar: Borrell ejerce una alta cocina catalana y mediterránea tranquila, en la que el mejor producto del territorio llega a la mesa en cocciones y elaboraciones que exaltan sus virtudes sin convertirlo en algo diferente. Por ejemplo, una liebre a la royal de traca o un carpaccio de gamba de Palamós. La calidad-precio es excelente: ¡hay un menú diario de mercado –también disponible los fines de semana!– de primero, segundo y postre que sale por 35 euros. Y por menos de cien, un recorrido festivalero. 

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Can Marcel

Can Marcel es un restaurante en primera línea de la playa urbana de Canet-en-Rousillon, propiedad del chef Christophe Perrin. Este cocinero pertenece al prestigioso colectivo Toques Blanches, defensores del clasicismo y la tradición culinaria de la Cataluña Norte. Transmite una sensación de comer en la Costa Brava de los 80: peces salvajes abundantes, y presentaciones un poco de los años 80, con una material primera noble y unas cantidades pantagruélicas.

Me puse a prueba con un mar y montaña de primera: una fideuà espectacular, servida en paella, donde la pasta tenía a la vez un tostado y un punto caldoso, casi al dente, rematada con un golpe de horno y una costra de lo más interesante, que resguarda rape gambas y sepia compartiendo espacio con una salchicha muy picante.  

Dónde dormir

Mas des Colombes

Más que un hotel, esto es un sueño de paz: a un paseo de distancia del pueblecito rosellonés de Oms, el alojamiento Mas des Colombes es un establecimiento rural que combina el lujo y el alto standing con el respeto a la sostenibilidad y la intimidad absoluta. Eric y Nadège, los propietarios, regentan una antigua masía que tardaron diez años en terminar: tú llegas y ves solo una bonita fachada de piedra y vegetación, que surge en un claro del bosque.

Y cuando entras, te das cuenta de la íntima pero enorme dimensión del hostal: el Mas des Colombes es un castillo-masía rural con solo cinco suites de lujo, cada una con dormitorio, salita, baño con jacuzzi y una terraza propia. La finca dispone de una piscina climatizada, gimnasio, petanca, minigolf, y un spa con unas espectaculares vistas al Vallespir. Y sobre todo de una excelente cocina casera a cargo de Nadège, que igual cocina guisos a fuego lento que son para mojar pan, como la bollería del desayuno y los pasteles, con maneras de alta cocina.

Côte Thalasso

Situado en una colina de Banyuls la Marenda, con una vista espectacular a la bahía, Côte Thalasso es mucho más que un hotel de costa mediterránea: es un centro de talasoterapia que combina una oferta gastronómica de las buenas –su restaurante tiene la contundencia del buen 'bouchon' de Lyon con las delicias del marisco de la zona– con una gama de posibilidades de terapia con agua de mar que os dejará como nuevos. Por ejemplo, una sesión de masaje con magnesio marino –que extraen y embotellan ellos–, seguida de un baño de hidromasaje. Tienen piscina cubierta y descubierta con agua marina, y una variadísima gama de cuidados y tratamientos con masajes, agua de mar y algas, así como especialización para aplicar estas terapias entre sesiones de quimioterapia. Y por cierto, el turismo de mar terapéutico no es estacional: funciona todo el año.

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La Maison Gaïa

En el centro de Torreilles, La Masion Gaïa es un coqueto hotel de lujo íntimo –hasta podríamos decir la chorrada esa de lujo asequible, una habitación en temporada alta, aquí sale por unos 200 euros– que dispone de 15 habitaciones de lo más confortables y silenciosas. Predomina el mármol níveo y los tonos claros en madera y tejido, los lavabos espaciosos y muy separados del dormitorio, al estilo nórdico: todo en las antípodas del lujo hortera de butacón de cuero negro y bañera dorada, tan apreciado por la clientela rusa del Ampurdán de abajo. 

Ojo con el exquisito bufete de desayuno, con especialidades de pastelería de Torreilles acabadas de hornear. Su piscina exterior climatizada también merece una tarde de holgazanería. ¡Y tienen spa!

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