My sweet country

Teatro, Musical
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My sweet country

Prueba del algodón: trasladar My sweet country del escenario del Poliorama al centro de La Rambla. El reto: mantener la atención del público pasante durante 1 hora y 25 minutos. Todo apuntaría al fracaso. Aunque nunca se sabe. Los guiris podrían considerar una acción musical divertida el espectáculo firmado a ocho manos por The Mamzelles y Àlex Mañas. Una excentricidad para tres contados minutos. Tampoco hay que ser forastero y monóglota para invocar las musarañas después de un tiempo prudente procurando seguir el relato de tres cándidas mujeres que no saben cómo se convierten en prostitutas encamadas con el poder. No hay que culparlas. Tampoco lo sabe el autor de este experimento con gaseosa.

Una vez explotado desde el minuto uno el encanto naïf que persigue como un anatema artístico a The Mamzelles (Paula Malia, Bárbara Mestanza, Paula Ribó) y haber sonreído un rato con el surrealismo minimalista de sus canciones, My sweet country descubre sus muchas precariedades sin compensarlo con talento. Qué no hay dinero. No importa. Que sea vea con malentendido exhibicionismo que la puesta en escena es barata y chapucera, con especial mención al rudimentario uso de los recursos audiovisuales. Que no hay historia. No importa. Pongamos en marcha la elipsis con la sutileza de un carnicero en un matadero industrial. Corte, tajo, vaciado. Ya lo rellenará el público, que seguro que no le falta imaginación para cubrir los huecos entre mini-escena y mini-escena. Parece un argumento escrito para desarrollarlo en diez mensajes de twitter. Que no es un musical. No importa. Explotemos los recursos propios de The Mamzelles para dejar caer unas cuantas canciones que no hacen avanzar la historia, ni sirven de comentario en “off, ni abren una nueva dimensión dramática. Uno elemento más para alimentar el caos general dramatúrgico.

Y están ellas y sus personajes. Con la estética y actitud de un moderno anuncio de compresas –Voltaire aplicado al marqueting de la higiene femenina– se afanan por apuntarse a las últimas tendencias posfeministas, reproduciendo las mismas aspiraciones y perfiles que ya tenían en los años cincuenta las modelos de Como casarse con un millonario de Negulesco. Pero las andanzas de Lauren Bacall, Marilyn Monroe y Betty Grable tenían chispa, sofisticación e ironía. En My sweet country el personaje más logrado es una versión de tebeo de Anita (la fantástica) Obregón.

Por Santi Fondevila

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