The wild party (La festa salvatge)

  • Teatro

El espectáculo continúa a pesar de todo. No lo busquen en los escenarios habituales. El Teatre Gaudí Barcelona ha decidido llevar la contraria a la obligada corriente de contención y austeridad. Rodeado de piezas de cámara, se han atrevido con un musical –un éxito del off-Broadway– con veinte artistas en escena. Como hasta los sueños tienen sus límites, el presupuesto se ha volcado en poder contar con un generoso elenco, el necesario para una obra como 'The Wild Party' (La festa salvatge) de Andrew Lippa. Modestia en escenografía y vestuario, pero efectiva iluminación, buena adaptación musical para tres instrumentos, excelente movimiento coreográfico –no es nada fácil crear composiciones limpias, sugerentes y variadas en un espacio exiguo–, y un reparto entregado que se atreve a interpretar, bailar y cantar con notoria solvencia. Algo en absoluto habitual.

El equilibrio entre esas tres disciplinas es obligado en un musical que echa la mirada atrás a los salvajes años veinte –antes de la censura del código Hays– para descubrir su rostro más sórdido y turbio, como un jugoso capítulo del libro-escándalo 'Hollywood Babylon'. La comparación con Chicago es casi inevitable, pero el musical de Lippa hace menos concesiones. Aquí no hay el escape de la farsa. Es la cruda crónica negra y amarilla de la descripción de la trastienda del glamur de los segundones, con el estilo y los vicios de las estrellas. Un espectáculo estimulante por su valiente anacronismo desde muchos puntos de vista.

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