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Damos por sentada la riqueza gastronómica y comestible de nuestra ciudad, y que medio mundo se acerca a Barcelona porque se come muy bien. Ahora bien, cuando alguien pisa el barrio Gótico o el Raval con intenciones gourmets, debe ir armado con la espada del conocimiento y la vaina del buen gusto. Si a alguien de la ciudad le cuesta encontrar un buen lugar donde comer en el centro de Barcelona... ¿Qué no le va a pasar a un turista o a un recién llegado?
Si miramos el ranking colaborativo ese de color verde, veremos que en los primeros puestos de los restaurantes del barrio Gótico conviven los clásicos con los despropósitos. Es por eso que Time Out Market se ha aliado con la empresa internacional especializada en tours gastronómicos, Devour Tours, para organizar una ruta de tapas en el barrio Gótico.
El Barcelona Tapas Tour & Time Out Market Experience funciona de lunes a sábado y arranca en el Monument als Castellers en la Plaça de Sant Miquel, justo al lado del Ayuntamiento, a las seis de la tarde. La ruta, que tiene un precio a partir de 99 euros por persona, tiene una duración de tres horas: recorre tres bares de tapas del barrio Gótico y acaba en el Time Out Market. La oferta es generosa: nueve tapas, postre y cuatro bebidas, como quien dice un menú degustación en movimiento (que no admite grupos de más de diez personas). En este enlace podéis comprar las entradas y encargar el tour.
Como explica Nicola Cox, vicepresidenta de ventas de Devour, "nuestros clientes esperan de nosotros que los guiemos a través de una experiencia verdaderamente local, a menudo familiar pero con un toque moderno, y que sea la propia comida la que explique la cultura y el desarrollo de la ciudad". Y después de hacer con Devour una prueba piloto del tour, corroboramos que esta intención se cumple.
La visita empieza en la venerable y renovada Librería Sant Jordi, donde entre muebles de finales del s. XIX restaurados hay un rincón gastronómico que hace pedagogía con el producto de la tierra en primera línea turística. Probamos un brioche de sardina ahumada con queso cremoso –mantequilla, calidez, tapita selecta y fina– y una secallona del Pastor (con una copa de cava). Guía la visita la barcelonesa Alexandra Ferreiro, que es capaz de extraer petróleo de las cosas sencillas y explicar de manera divertida cuál es la diferencia entre fuet y secallona.
La siguiente parada es en la Bodega La Palma, veteranísimo punto de encuentro local para residentes y trabajadores del Gótico (bajo la propiedad de Judit Giménez desde 2026, abierta desde hace casi un siglo). Allí nos esperan las patatas bravas de la casa: cortes de patata bien frita con una salsa bien confitada de tomate seco y pimentón dulce, combinadas con una mayonesa generosa en ajo.
Han creado escuela en Barcelona, y Alexandra nos recuerda que "a menudo la gente descarta las patatas bravas porque las ha probado muy malas, pero esto es exactamente lo contrario". Acompaña un vaso de mezcla de vermut de la casa, y unos triángulos de queso manchego de verdad (bajo un frescor bodeguero que el cambio climático todavía no ha vencido).
La tercera parada también tiene mucho caché, patrimonial y simbólico. Estamos en el Bar La Plata, mito popular bodeguero del barrio Gótico, que solo sirve cuatro tapas desde 1945. Y aquí disfrutamos de dos de ellas: el pescadito frito fresquísimo, con la misma fórmula de cocina desde mediados del s. XX, y pinchos de botifarra. La familia Majanet-Pascual son los propietarios del negocio desde su fundación, y el icónico Pepe Gómez es su jefe de sala y barra... ¡Desde 1974!
Gómez se podría haber jubilado hace muchos años, pero su calidez envuelve la experiencia del pescado azul y el porrón de vino blanco de Gandesa. El valor de La Plata es haber mantenido un producto para todos los bolsillos, y eso lo saben apreciar desde los vecinos –con habituales como Ferran Adrià– hasta Bono de U2.
Y ya llenos y un poco de lado (llevamos seis tapas, cava, vermut y porroncito, entre la panza y la cabeza) subimos las escaleras del Time Out Market Barcelona. Allí la ruta culmina con dos arroces de Can Ros y unas croquetas de alta cocina de Croquetelle –¡de 'suquet' de gamba y de berenjena a la brasa!– y unas vistas inmejorables a la Torre del Rellotge de la Barceloneta. Compartimos un arroz de verduras y uno de pescado y marisco, servidos en cazuela y con el grano seco pero a la vez meloso que distingue el arroz en cazuela catalán de una paella valenciana (¡aparte del hecho básico de que está hecho en cazuela, no en paella!).
Can Ros de la Barceloneta es, como La Plata, un restaurante que ha permanecido siempre bajo la propiedad de la misma familia, los Cid (¡abrió en 1908 como taberna!) y ha sabido evolucionar hacia una cocina moderna y refinada, pero sin perder el calor popular. Y para acabar, un churro dulce de Carmen Atelier de Churros: os podéis fiar, es un producto artesano de un obrador histórico de Barcelona, y que en su versión de postre puede ir relleno de crema con cobertura de frutos del bosque (o de Nutella y una hilera de plátano, si sois aún más golosos).
Aunque esta ruta está ideada para que la hagan turistas, ver y probar la ciudad con ojos nuevos no está nada mal: sobre todo si, por ejemplo, vienes de la Cataluña central y te piensas que toda Barcelona es un brunch gigante.
Y si te has quedado con ganas de más tapas, aquí tienes las mejores de Barcelona
