Global icon-chevron-right España icon-chevron-right Barcelona icon-chevron-right Los 20 lugares más bonitos de Barcelona

Los 20 lugares más bonitos de Barcelona

Contemplad los rincones más bellos de la ciudad: calles, fachadas, patios, esquinas y café que han nacido para que los admires. ¡Orgullo barcelonés!

Allada Vermell
© Maria Dias Allada Vermell
Por Eugènia Sendra y Josep Lambies |
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Cada uno vive y siente la ciudad de una manera diferente. Y, seguramente, cada barcelonés tiene una lista de sus sitios favoritos: tiendas y bares bonitos, calles y pasajes, establecimientos, vistas de ensueño ... Aquí tenéis una selección con alguno los lugares más bellos de nuestra querida ciudad. Los hemos escogido por su arquitectura, ubicación, por sus colores y también por su historia. ¡Os animamos a descubrirlos y ampliar la lista!

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Allada Vermell
Iván Moreno

Allada Vermell

La casa más fotogénica, vecina de La Puntual

Una mezcla de locales y guiris confluyen en cierta armonía en una calle plácida que adquiere su máxima expresión en el lado de los números impares, cerca de La Puntual. La casa de las flores no tiene pérdida. Todo el mundo la quiere inmortalizar. No parece la Barcelona del siglo XXI. Los insectos polinizan la entrada verde de esta casa sin número donde viven un par de abuelos.

Vil·la Joana
© Maria Dias

Vil·la Joana

En los bosques de Vallvidrera, cerca de la estación de FGC, campan jabalíes

A las 10 h de un día entre semana no hay sitio en la terraza del bar con vistas a Vil·la Joana. Los excursionistas jubilados saben de almuerzos pintorescos, y la masía de Vallvidrera donde murió el poeta Jacint Verdaguer recortada sobre el cielo azul de junio es un marco idílico. Siempre se puede buscar refugio bajo los pinos, o cambiar un rato de versos y literatura por una caminata con sorpresas… A esa hora también almuerzan los jabalíes y sus criaturas.

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Can Basté

Can Basté

No por el centro cívico, sino por el rincón que tiene junto a él

Hay noticias de una capilla de Santa Eulàlia de Vilapicina desde el año 1031, pero el caso es que la iglesia que ahora veréis fue construida a finales del siglo XVIII. Enganchada, como un cortijo, encontraréis una construcción rutilante donde tres cuartos de siglo atrás se vendrían ollas de barro. Ahora es una tienda de lanas con ínfulas de corsetería y un ciprés en la entrada que es un portento. Y, sí, al otro lado del tempo, unido por un puente, está el recinto de Can Basté.

Carrer Aiguafreda

Calle Aiguafreda

Toca perderse antes de llegar a este paraíso paralelo a la calle Llobregós

Un vecino sale de su casa y se encuentra con un forastero, al que le explica que la calle Aiguafreda todavía conserva eso que la hacía famosa a principios de siglo: los lavaderos donde subían a lavar la ropa los señores de Barcelona. A la zona de Horta de casas bajas, ahora exultante de naturaleza, acuden grupos de colegios y turistas con ganas de descubrir la ciudad que se abre más allá del Turó de la Rovira, explican los locales que enseñan la calle, pero no los huertecito que se esconden…

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Sant Pau del Camp

Sant Pau del Camp

Una construcción románica detrás del gimnasio de can Ricart

Dicen que lo hizo construir el hijo de Guifré el Pilós a principios del siglo X, fuera de las murallas, en medio del campo. De aquí su nombre. Es casi un milagro que sobreviviera a la progresiva expansión de la ciudad. A pesar de haber sido asfixiado por la densidad demográfica del Barrio Chino y las transformaciones de los últimos años que lo han convertido en una atalaya encajada entre el amplio Paral·lel y el sur del Raval, allí lo tenéis, sólido como una roca, fósil románico de una solera admirable.

Carrer Rogent

Calle Rogent

Sale de la trágica confluencia entre la avenida Meridiana y la calle Aragó

Tiene un índice desmesurado de asesorías jurídicas y de perros obesos, pero no deja de ser el refugio peatonal de una zona de tráfico insoportable, a parte de un espacio de culto al pequeño comercio. Desde la relojería Lara, hasta el Gym Rogent, que se anuncia con un boxeador en pantalón corto y guantes. Subiendo un poco, en la esquina con Enamorats, hay una oca majestuosa, encima de una fuente, que baja la cabeza y levanta el culo en dirección norte, como si fuera a tirarse un pedo.

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La Carbonera

El globo de La Carbonera

La herencia que nos dejaron los okupas de Urgell con Floridablanca

No es señorial. No tiene una escalera de alabastro, ni un portal con doble hoja para la entrada de los carruajes. Pero can Tarragó es la casa más antigua del Eixample, levantada en los primeros tiempos del plan Cerdà. Ahora, cosas de su pasado okupa, se la conoce por su nombre de guerra, La Carbonera, y en la fachada se puede ver un 'tromple-l’oeil' descomunal con forma de globo aerostático. Hasta el día en que dinamiten el edificio, será uno de nuestros tesoros.

Iglesia Pere IV

Iglesia Pere IV

Una invocación a los vampiros en este no-lugar que es Pere IV a la altura de La Escocesa

No confundir con una fábrica de Manchester, o con un espacio ocupado. Los lectores del género fantástico visualizan el campanario de la iglesia del Sagrado Corazón como un imán para vampiros, pero nada más lejos de la realidad. El templo es humilde, sin pretensiones ni estilo aparente. Las paredes están desprovistas de imaginería para adoctrinar fieles. La cubierta, a dos aguas, está hecha con vigas de madera. En medio de la nada, se levanta un insólito espacio para la fe.

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Bar Delicias

Bar Delicias

En esa esquina del Carmel donde el Pijoaparte veía caer la noche sobre la ciudad

Tiene el aire proletario de aquellos merenderos de las pelis de Berlanga, donde las familias humildes pasaban los domingos. Es mítico por los vermuts a base de fritada y bravas y fácilmente identificable por las losas que revisten la fachada. Por culpa de Marsé y sus 'Últimas tardes con Teresa', quien se sienta en esta terraza siente el impulso irrefrenable de empujar un Seat cuesta abajo. Es por eso que la gente sube en moto desde tiempos inmemoriales.

Passatge Masoliver
©Eugènia Sendra

La paz del pasaje Masoliver

La callecita de adoquines hace de espina dorsal entre Pujades y Ramon Turró

En el horizonte, la chimenea de Can Gili Vell, una torre de Pisa de ladrillos del siglo XIX. A medida que uno se acerca, pisando el camino de baldosas que corrobora el pasado fabril del Poblenou, se escuchan las risas que emanan de un centro de risoterapia. Más abajo nos encontramos con los ventanales del Vapor Vell: un lema reza que lo que nos distingue son las ideas. Seguimos caminando hasta el final de un pasaje precioso, que no te tiene nada excepto paz, sol y sombra y autenticidad.

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L'Automàtica
Iván Moreno

L'Automàtica

En Gràcia Nova, en la calle Grassot, también triunfa el espíritu colaborativo

Papeles de diferentes gramajes, máquinas de offset históricas como la Heidelberg, cajoneras de imprenta de tiempos pretéritos y un olor de tinta que lo impregna todo. El visitante observa desde arriba, abajo trabajan los sucesores de Gutenberg. Esto es L’Automàtica, una asociación cultural autogestionada formada por artistas, diseñadores e ilustradores que nació del amor por un espacio y un oficio en extinción. Reinvención, colaboración y tinta van de la mano.

Maria Lluïsa

La pescadería Maria Lluïsa

No hay vecino en el Poble-sec que no conozca los cestos de mejillones de Manel Tort

En un mundo descreído y pagano, en el que ya nadie se confiesa ni pide la divina absolución, los oficios dominicales del sacerdote han sido sustituidos por una visita semanal al pescadero. Como mínimo, así es entre los vecinos de la calle de la Olivera. En el  número 33 hay una pescadería con muy buen género. La regenta Manel Tort, una especie de mulá de la pesca que inspira confianza a todo el mundo. “Manel, ¿qué me llevo hoy?”, le preguntan unos y otros, haciéndole la corte.

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La Satalia

La Satalia

Perderse por la calle Julià, en Montjuïc, es una experiencia para todos los sentidos

La Satalia es un hallazgo inaudito, el regalo para los valientes que suben el empinado paseo de la Exposició. Desde el exterior del campo de fútbol –con una birra si el bar está abierto– se observa la magnífica puesta de sol. El retorno a la civilización debe hacerse por la calle Júlia: a golpe de tambor y corneta, si es día de ensayo de la banda Palma Moderna, o en silencio absoluto observando las casitas que acompañan el camino. Todo el mundo se enamora de la del ebanista, está forrada de hiedra.

La Tamarita

Parque de la Tamarita

Es el digno escenario de un relato gótico con presencias de ultratumba

No estamos en Londres, no tenemos un cementerio como el Highgate con criptas y ángeles de la muerte donde escenificar un entierro prematuro estilo Poe. Pero tenemos la Tamarita. Por más que los de Parques y Jardines se esfuercen, la naturaleza siempre vive en estado salvaje, devorando las escaleras en ruinas, piedras e invernaderos a placer. Es la versión soft del parque de atracciones de la Arrabassada, hábil para el transporte público y apto para niños. Un delirio romántico a base de bien.

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Casa Almirall
©Scott Chasserot

Casa Almirall

Un bar modernista en la calle más viva del Raval

Abrió sus puertas en 1860, mucho antes que el Oddland o el Negroni. Ya existía cuando un par de número más abajo, en la misma calle, Enriqueta Martí parece que practicaba la santería con niños secuestrados. Pero ni su solera ni su nobleza han hecho que se le suban los humos. Sigue siendo un bar popular, la caña no va cara y nadie te mira mal por soltar un taco. Eso sí que es bonito.

Passatge Bernardí Martorell

Pasaje Bernardí Martorell

¿Qué hay detrás de esa puerta de forja noble del final de la calle Hospital?

Que no os engañe el estilo imperial de la entrada: es estrecha, oscura y un poco insalubre. Huele a pis que tira para atrás. Pero todo lo que allí pasa es encantador: los señores sentados delante de la cuarta puerta, con sillas de fórmica y un transistor, el cartel de la panadería Gondal & Gujar Brothers, que parece salido de Atlanta 1867, y el menú́ marinero que los del restaurante El Cafetí tienen colgado bajo el arco de la salida de Sant Rafael, decorado con pulpitos de tiza y un cangrejo con sarampión.

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Plaça de Sant Gaietà

Plaza Sant Gaietà

Uno de los secretos de Sarrià es este patio andaluz de paredes blancas y geranios

Es una lástima que el barrio de Sarrià esté reñido con el pueblo raso. Queda mal decirlo, pero si vais a pasear una tarde os podéis morir de gusto. Eso, claro, si conseguís obviar la plaga de niños uniformados. Justo detrás del mercado, al final de un callejón que parece que no lleve a ninguna parte, encontraréis esta placeta, una especie de patio lorquiano, con madreselva y macetas con geranios. Solo faltaría el sonido del cante jondo para acabarlo de adornar.

Santa Anna

Santa Anna

De resonancias y templarios

Admiramos la obra gótica mientras preparan un concierto de guitarra española. ¿Hemos ignorado durante mucho tiempo lo qué se esconde bajo los intestinos de la plaza Catalunya? Sí, lo admitimos. Metida en una plaza inhóspita y turbia está la iglesia de Santa Anna y en su interior, un claustro precioso. No podemos más que imaginar aventuras de la orden de los templarios, y de fondo suenan pitos de manifestantes.

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lleteria Santa Coloma

Una lechería como las de antes

La encontraréis en el número 6 de la calle Mayor de Santa Coloma de Gramenet

Había sido la casa de Celestí Boada, alcalde de Santa Coloma, fusilado por los nacionales al final de la guerra. En 1941 el padre de Joaquim compró el inmueble, y en los bajos abrió una lechería, como las de la época, con vacas en la rebotica, para que los clientes pudieran llenar las botellas con leche recién ordeñada. Hacia 1966 les hicieron trasladar los animales a Cardedeu. Las vacas ya no están. Pero la leche sigue siendo fresca, la nata sabrosa y el queso una pasada.

Cases baixes Barceloneta
©Eugènia Sendra

La Barceloneta de casas bajas

La mejor vista se obtiene desde el paseo dedicado a un hijo del barrio, Salvat Papasseit

El conjunto de viviendas sociales construido en 1979 por los arquitectos Bohigas, Martorell y Mackay sobre los terrenos de la antigua fábrica La Maquinista atrapa al peatón, que conserva y fantasea con la imagen a lo largo del tiempo. Los bajos de los edificios ahora tienen un punto kitsch (incluso sórdido), pero la combinación cromática neoplasticista de las entradas sigue siendo efectista. Tanto que 30 años más tarde todavía nos hace viajar a las casa bajas de California.

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