Convertir las tragedias tebanas de Sófocles (Edipo rey, Edipo en Colono y Antígona) en un montaje de dos horas y pico con personalidad, sin sobreentendidos, con dinamismo, sin que todo parezca demasiado rápido, como ha hecho Ferran Dordal es una proeza. El público no tiene la sensación de ver tres obras, sino una sola. El clásico ateniense ya las escribió siguiendo un hilo temporal, que comienza con el pueblo rogando para que Edipo libre a Tebas de la peste y termina con Creonte descubriendo los cuerpos muertos de Antígona y de su hijo Hemón. En medio, una gran historia.
Carlota Subirós se ha apropiado de el paisaje desértico de las afueras de Atenas (Colono) para centrar su pieza. Un espacio inmenso, salpicado con cuatro matorrales, por donde hace circular a sus personajes durante la función. Solo en lo que podríamos considerar el primer acto, el que corresponde a Edipo rey, sucede ante el desierto, en lo que representa el palacio del soberano de Tebes, aunque ya nos lo deja ver a través de un gran ventanal. Subirós dirige a la decena larga de actores y actrices de manera convincente, con un corte clasicista que hacía tiempo que no le veíamos. Pero tiene un problema.













