La meva Ismènia

Teatro, Clásico
  • 2 de 5 estrellas
0 Me encanta
Guárdalo
La meva Ismènia
© Denise Koirach

Un buen espectáculo se explica sólo. Mejor dicho, no hace falta que se explique. Sólo hay que disfrutarlo con la generosidad que aportó el Romanticismo a la idea del placer. En cambio, algo falla cuando hay que recurrir al pliego de intenciones del director para sacar algún provecho de la función.

El análisis que hace Hermann Bonnín de Eugène Labiche y el vodevil francés es excelente: tras este género frívolo hay rastros de la commedia dell’arte, de Molière, de Balzac. Géneros y autores que supieron colocar las miserias humanas –lo peor de cada casa– bajo la lupa de aumento de la comedia. Maestros en corroer la tragedia con el ácido del humor. Cosas que está bien saber y asimilar sin que afecten luego la trabajada intrascendencia de la puesta en escena.

El vodevil es como un buen café expreso: al fondo de la taza una fina capa de poso espeso, fango imbebible, cubierto por un intenso líquido aromático coronado por una ligera espuma. En ese delicioso aire encerrado en burbujas se concentra la esencia del género. La segunda característica del vodevil es su estricto control del tiempo, de un ritmo despiadado con los personajes que obliga a colocar las réplicas en el momento y tono exacto, y transforma las entradas y salidas en compleja coreografía.

La meva Ismènia (comedia con cuplés de 1853) que Bonnín ha montado en La Seca carece de esa esperada agilidad, de la chispa, de ese tempo que arrastra al espectador a un endiablado vals de complicidad. Además la relación entre la espuma, el líquido y el poso está invertida. Como si hubiera sumado cierta distancia brechtiana a la sustancia dramática. Un vodevil reflexivo sobre su propia naturaleza y, por tanto, cargado de innecesario lastre metateatral.

El montaje comienza a lo grande, con la voz de Maurice Chévalier rapeando uno de sus homenajes a París y sigue con la picardía cabaretera de Teresa Urroz en su papel de la doncella Chiquette –guiño intencionado al ahora tan reivindicado Paral·lel–; luego todo se ralentiza, el contacto con el público parece forzado y los personajes se muestran envarados, como obligados a salir de un carrillón histórico. Sólo Mingo Ràfols –el pretendiente que aspira a la mano de una dama de padre sobreprotector– rompe el corsé que oprime la función y con cada una de sus apariciones nos recuerda que el vodevil es un pecado venial que se disfruta con fruición culpable.

Por Juan Carlos Olivares

Publicado

LiveReviews|0
1 person listening