Si hay algún género teatral que todos los catalanes dominamos, nos dediquemos o no profesionalmente a la interpretación, es el de las comidas familiares. Cada uno conoce sus cosas, pero quien más quien menos domina la liturgia implícita de la ocasión, saca sus mejores armas para sobrevivir a la comida y hace las filigranas necesarias para abordar o evitar temas concretos. Como todo ello nos resulta familiar –nunca mejor dicho–, subirlo al escenario funciona de maravilla.
Y más si es con un reparto encabezado por Emma Vilarasau y Jordi Boixaderas, los padres de una familia convencional que han dado un giro a su vida y se han marchado de la ciudad para perseguir la fantasía eco con la que todo urbanita ha hecho castillos en el aire alguna vez. Les acompañan, con casi el mismo grado de protagonismo, Sara Espígul, Miranda Gas y Júlia Bonjoch, que son sus tres hijas, y Arnau Puig, Marc Bosch y Tai Fati, que hacen de parejas de las hijas. Y este elenco, precisamente, es uno de los principales aciertos del montaje. No solo porque todos ellos son profesionales excelentes y sólidos, sino porque es tan coral que resulta imposible decir quién es el protagonista de la historia.









