Los bares más castizos de Madrid

Locales que mantienen viva la esencia de la ciudad entre barras de zinc, vermut de grifo, decoración de hace décadas y camareros con oficio y experiencia

©Luis LuChengCasa Camacho

Son locales en serio peligro de extinción, pero todavía brillan en Madrid como pequeñas joyas de una ciudad que se gentrifica por momentos. Son los llamados bares castizos, que anclados en un costumbrismo algo bizarro, nos recuerdan tiempos en los que la hostelería tenía otro ritmo. Camareros uniformados, con oficio, expertos en el arte de servir (e incluso deliciosamente serviles), decoración austera que hoy en día es verdadero diseño de interior, viandas de cocina demodé extrema y deliciosa gastronomía incorrecta (fritanga, grasa animal, casquería en vena, bollería bruta, morcillas, pajaritos fritos, chorizos a la sidra, marisco de batalla para tirar las cáscaras al suelo, oreja de cerdo, manitas de cordero, sesos, corazón, caracoles, zarajos, gallinejas, sangre frita y encebollada...), resabios del siglo XX en cada rincón, y un ambiente cañí, castizo y genuinamente español hacen de estos singulares bares una seña de identidad de la marca España. De hecho, son los favoritos del turismo más enterado.

En esta categoría no caben los toques foodie, ni culturetas, ni pop, ni otras 'moderneces'. Por eso los bares castizos de los barrios del centro, que han sido traspasados a 'modernos' (por jubilación o por la subida brutal de los alquileres) y que aunque 'medio mantienen' ese peculiar tamiz castizo, sirven ceviches, baos y demás delicias gastro dictadas por el 'instachef', quedan definitiva y positivamente fuera de esta terna. Lo castizo es 100% 'vieja escuela' y se da de bruces con lo hípster. Hemos seleccionado algunos de los que todavía resisten en estos tiempos de gentrificación de decadencia hostelera de antaño.

El Tigre
© Roberto de Baltasar
1/10

El Tigre

El Tigre es otro paraíso de lo castizo y la segunda casa de jóvenes estudiantes fiesteros y guiris enterados que van allí en busca de sus cañas bien tiradas de cerveza y sidra con su correspondiente aperitivo gratis. Unas tapas nada gourmet, pero muy españolas: tortilla de patatas bien cuajada, chorizo, lacón con pimentón, croquetas, patas bravas... todo con extra de grasa, pero muy sabroso para invitar a pedir una segunda, tercera, cuarta o quinta ronda, y salir de allí cenados y bebidos por cuatro duros. Una suerte de' fast food castizo' que verdaderamente engancha. Puede ser el McDonald's de las viandas castizas. La decoración cumple a pies juntillas todos los requisitos de este tipo de bares, con el extra de bizarra parafernalia de caza (taxidermias gigantes de cabezas de jabalí, cornamentas...), madera, barriles y un suelo lleno de palillos y servilletas, como debe ser.

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Chueca
El Brillante
2/10

El Brillante

El Brillante es una de las joyas de lo que debe ser un bar castizo y el sitio más tradicional para comerse un bocata de calamares. Lo tiene todo para ser el escenario de un sainete costumbrista del siglo XX y su decoración mezcla la típica barra de acero enorme, con vitrinas de cristal, con neones y un logo de un brillante que es clásico de este tipo de bares, que permanecen atemporales aunque vayan cambiando algo su estilo. A los parroquianos de toda la vida se les suman los 'guiris' que devoran los grasientos aperitivos alucinados de poder pisar un sitio así. Fue abierto en 1961 por Alfredo Rodríguez Villa, un leonés que llegó a la gran ciudad en 1934 en plan Paco Martínez Soria y se hizo maestro del arte de la fritura en otro baluarte de lo castizo, el bar El Diamante. Desde entonces este bar ha visto como desmontaban la pasarela en alto para el tráfico en Atocha (el recordado 'scalextric de Atocha´), ha funcionado como afterhours de la discoteca Kapital e incluso ha tenido la bizarra visita en 1997, de Bill y Hillary Clinton que acudieron a Madrid por una cumbre de la OTAN y acabaron tomando algo en este templo de la fritanga castiza.

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Barrio de las Letras
Melo’s
3/10

Melo’s

Melos es un bar castizo, pero a la gallega. Situado en pleno barrio de Lavapiés, su estética es muy de los bares de los 70 y 80, con una tipografía en las letras de su fachada que nos transportan a una película de Ozores, pero con un ambiente de la 'comedia madrileña' de Fernando Colomo. Lo regenta una familia gallega de esas que trabajan cebando a la gente con raciones pantagruélicas. Famoso son sus 'zapatillas' (pan de hogaza tostado, lacón y queso de tetilla) de tamaño extra grande, sus croquetones gigantes (crujientes por fuera y casi líquidos por dentro), las bandejas de pimientos de Padrón o sus empanadas gallegas. El acero reina en su cocina vista de ‘show cooking’ castizo, y sus bodegones de naturalezas muertas expuestos en las vitrinas son casi obras de arte cañí. Se llena de gente de todo tipo atraída por los precios razonables y ese tipo de comida recia, con mucho fundamento, para llenar la tripa sin más pretensiones. Algo de agradecer en estos tiempos del 'instafoodie'.

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Lavapiés
Yakarta
©Daniel Lobo
4/10

Yakarta

Uno de los bares más auténticos de Madrid es Yakarta, parte de una cadena anclada en el bizarro estilo de bares de aperitivos de hace 30 años que afortunadamente sigue manteniendo su ambiente cañí, su costumbrismo digno de una descripción autobiográfica de la reina de este subgénero literario, Grace Morales, su servicio a la española y sus precios populares. Situado en la castiza plaza de Oporto, podría ser un escenario a lo Todd Solondtz (si fuera madrileño) o a lo Elvira Lindo (cronista de Carabanchel) con una preciosa decoración de chatarra chic de estilo marinero, con apliques dorados años 70, una genial barra de mármol y aluminio, trofeos varios (bandejas de porcelana, marcos dorados, trofeos de fútbol y pesca), paneles con tipografía 'setentiana' con los nombres de las raciones y vitrinas de cristal con refrigeración analógica, en un alarde no consentido de vintage bizarro digno de verse. Se puede desayunar café y churros por sólo 2 euros y con cada bebida te ponen tapas grandes de marisco, como se hacía en casi todos los bares hace tres décadas. Los camareros llevan allí toda la vida y saben cómo tratar a todo el mundo, y ellos mismos se toman unas cañas enfundados en sus uniformes de cafetería, con sus bigotes canosos y sus ajadas manazas de pescadores que sirven geniales raciones de berberechos, cigalas, gambas, boquerones, jamón, mejillones, quisquillas, navajas, percebes, nécoras, etc… con una calidad bastante aceptable para los precios tan bajos que siguen manteni

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Carabanchel
Bar Postas
©Trevor Huxham
5/10

Bar Postas

Un ‘must’ de Madrid y de lo castizo es el bocata de calamares. Un clásico que no muere y del que son especialistas en el bar Postas, situado en los aledaños de la Plaza Mayor. Su bocadillo es muy austero, sin resquicio foodie, pero al final el más auténtico y genuino. Fritanga madrileña en vena, que no sabe igual si se toma fuera de este tipo de bares. Barra de metal y cristal, descarnadas fotos de primer plano de las raciones y bocadillos, dibujos pintados a mano en el cristal del escaparate en plan kitsch, y ese olor a calamar frito que se impregna y clava en la pituitaria como un puñal, hacen que la 'experiencia bocata de calamares' se multiplique por cien en casticismo y autenticidad. Postas ofrece eso y también crea escuela y adicción a sus cañas heladas y sus frituras variadas. El público es también un espectáculo, y la 'fauna de bar' es aquí especialmente variopinta: jubilados castizos, futboleros hooligans, turistas ‘low cost’, familias del extrarradio, adolescentes sin dinero, triperos de carajillo y puro... en un delirio de costumbrismo madrileño, seña de identidad de los verdaderos bares castizos.

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Sol
Freiduría de Gallinejas
6/10

Freiduría de Gallinejas

Hubo un tiempo en Madrid donde estas viandas de la cocina madrileña en forma de gallinejas, mollejas blancas, botones, chorrillas, tiras, chicharrones, canutos... eran la 'street food de la posguerra', y algo super castizo hasta bien entrados los años 70. Pequeñas freidurías de casquería barata, pero de mucho alimento, y un olor muy característico: olor a Madrid. Poco a poco fueron desapareciendo y hoy solo persisten cuatro o cinco locales dedicados a este bocado ‘old school’. Uno de estos bares de gallinejas es la Freiduría Embajadores, abierta desde 1955 por Gabino Domingo Andrés, un rey de la fritanga que aprendió su oficio dando de comer en este barrio tan popular a Castas y Susanas, y a Don Hilariones varios. Lo mejor es tomar posición en su bar de la entrada, con ‘show cooking’ de fritanga incluido, zamparse un bocadillo de entresijos con una caña helada y pensar que estos despojos fritos son una verdadera delicatesen. Y en realidad, bien procesados, lo son. Más castizo y 'matritense' imposible, aunque sus camareros ya no sean ‘pichis’ madrileños.

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Embajadores
Casa Amadeo
7/10

Casa Amadeo

En Casa Amadeo, el feudo del mesonero Amadeo Lázaro que lleva 75 años dando de comer caracoles a todo madrileño que se precie, lo castizo es lo natural y su guiso de caracoles picantes casi una religión. Los sirven bien calientes directamente de una olla y se comen con un palillo que luego va a parar al suelo, al igual que las conchas de los caracoles, dando otra de las características esenciales de todo bar castizo: un suelo lleno de serrín, palillos, cáscaras... que a cada poco retiran con una escoba. Otro de los puntos fuertes de este bar es el elogio que hacen a la casquería, zarajos, torreznos, oreja de cerdo adobada, callos, morcilla… todo maridado con cerveza de grifo. Situado en pleno Rastro, sus parroquianos son fieles a ese guiso tan sabroso con receta secreta de herencia familiar. La decoración de azulejos geométricos, los detalles decorativos de los años setenta, la barra de acero, las raciones crudas a la vista, su inmejorable ubicación y la sublimación de la fritura hacen de Casa Amadeo un icono de los bares castizos. Pareciera que Nati Mistral, Lina Mogan u Olga Ramos vestidas de chulapas hubieran puesto banda sonora a este local tan típicamente costumbrista.

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La Latina
El Doble
8/10

El Doble

El Doble es un bar clásico para tomarse una caña bien tirada en Madrid. La ponen en grandes, de 40 centilitros, el famoso ‘doble', pues consideran que es la medida idónea y la longitud adecuada para que se conserve la espuma cremosa de la cerveza y tenga mejor cuerpo. Abierto en 1987, destaca su fachada de azulejos de Talavera de la Reina pintados a mano, y sus atentos (esa típica atención madrileña con un puntito borde y de chulería) camareros de bar español de los de toda la vida, ponen con cada doble o vermú de grifo las correspondientes patatas fritas o banderillas gratis. Tienen una parafernalia de bar exquisita (barras de acero, vitrinas de cristal, grifos de cerveza, decoraciones de publicidad, fotos con clientes ilustres, motivos marineros, jarras de cerveza vacías...) y sus raciones son visionarias de 'bar food' como la ensaladilla rusa, el pulpo en vinagreta, las gambas cocidas, los mejillones, las quisquillas, conservas, embutidos, quesos y jamones.

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Ríos Rosas
Bar Iberia
9/10

Bar Iberia

Taxistas, obreros, funcionarios, curritos de empresas, amas de casa adictas a las tragaperras, choferes retirados jugando a las cartas, grupos de jubiladas merendando churros con chocolate... serían parte de una ‘fauna’ idílica de todo bar castizo. Pues bien, el Bar Iberia es el reino de los conductores, y famoso por ser el bar de los taxistas, punto de encuentro y descanso de este gremio castizo donde los haya desde hace décadas. La gracia es ésta, y la de haber funcionado para muchos noctámbulos de la cercana Malasaña como el 'afterhours' de guardia, dado su horario tan amplio (hace unos años no cerraba y actualmente abre unas 21 horas seguidas), que hace que los crápulas de la noche madrileña lo tengan como una opción segura para seguir la marcha. Desde 1979 lleva funcionando, y resiste a la gentrificación, a Uber, a Cabify y a lo que le echen. Sus desayunos son de esos de la época de los 60, café en vaso, churros y porras, carajillo, bollería industrial... que son ya un género gastronómico que hace encanecer a 'foodies' y amantes de lo vegano y orgánico.

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Chamberí
Palentino
10/10

Palentino

En el barrio de Malasaña está este icono de la hostelería castiza, regentado desde 1942 por dos cuñados, que lo mantienen totalmente 'old school' tanto en la decoración como en los platos y raciones que sirven y la actitud de los camareros (habitualmente está Casto, que lleva décadas detrás de la barra sirviendo pepitos de ternera, cañas baratas y gin-tonics a buen precio) y su ambiente en general de barrio. Lo que le diferencia de otros bares es que vivió la explosión y declive de la movida madrileña, y el auge del indie malasañero, que supieron ver lo kitsch del espacio e hicieron de él su favorito. Actualmente cada viernes los modernos malasañeros lo abarrotan, por este rollo retro y lo barato de sus precios tanto en copas como en cañas. En cierta manera es un bar hípster, de manera involuntaria eso sí. Uno de estos malasañeros de los 90 fue Álex de la Iglesia que lo tomó de modelo para su película 'El Bar'. Incluso aparece en el libro 'El Bar, historias y misterios de los bares míticos de Madrid' (Lunwerg). Los espejos de las paredes y su popular fachada de mármol, las ventanas de aluminio, sus lámparas de tubos fluorescente son algo que fascina y espanta al mismo tiempo. Es el sino de lo castizo en el siglo XXI.

*Lamentablemente, el Palentino echó el cierre el 15 de marzo de 2018 tras el fallecimiento de Casto, dueño y camarero del local. 

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Malasaña

La Ardosa

Un clásico a la hora del aperitivo y cuando cae la tarde. Mucha solera rezuman sus estanterías repletas de botellas de cerveza cubiertas de polvo. Las cañas son siempre dobles pero es fácil bajarlas con alguna ración de su atractiva carta. Su tortilla de patata hace honor a su fama. Si pasas por debajo de la barra encontrarás un pequeño saloncito.

Malasaña

Casa Camacho

Un diamante en bruto. La pequeña Casa Camacho ha cambiado muy poco desde que abrió en 1928, salvo por la máquina tragaperras y la televisión, ambas siempre encendidas. Polvo de antes de la guerra cubre las botellas y flores de plástico que adornan su frontal y el suelo es un mar de palillos. Como bar para saborear la vida de barrio no tiene precio aunque a día de hoy se llene siempre de la juventud hipster malasañera. No te vayas sin probar un yayo.

Malasaña
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Malacatín

Una de las tabernas castizas con más historia y tradición de Madrid. Fue fundada en 1895, en plano barrio de La Latina, y aunque comenzó como una tienda de vinos al que más tarde sumaron una pequeña cocina y freidurías. Desde entonces, el mando del restaurante ha pasado de generación en generación, especializándose en la cocina castiza y tradicional y haciendo de un plato madrileño su icono: el cocido, suculento, sabroso y con ingrediente de primera que cuentan con denominación de origen.

La Latina

Bodegas El Maño

Un lugar relajado, con grandes ventanales que se abren a la calle en verano, mesas de mármol, paredes desgastadas y techos art decó. Una buena selección de vino se muestra escrita en tiza en la pared, alguno incluso sale de sus antiguas barricas y sirven tapas y raciones variadas.

Conde Duque
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La Taberna de Antonio Sánchez

3 de 5 estrellas

Pocos cambios ha tenido este histórico bar, desde su mostrador de zinc a la cabeza de toro en la pared. Sus múltiples dueños siempre han tenido que ver con el mundo del toreo y tertulias de críticos, toreros y aficionados se siguen llevando a cabo en el local. Muy auténtico y agradable, con lustrosas tapas, incluidas las que ponen con la caña.

La Latina

La Dolores

Otro clásico de Madrid. Con unos azulejos espectaculares en el exterior y filas de botellas de cerveza llenas de polvo en su interior, La Dolores, lleva sirviendo cañas bien frescas desde los años 20. Hay una pequeña lista de tapas, que están buenas aunque algo caras. Sus especialidades: los ahumados, las anchoas y la mojama.

Barrio de las Letras
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Casa Labra

Famoso por ser el lugar de nacimiento del Partido Socialista Español en 1879 este legendario bar con sus frontales de madera  merece la pena ser visitado no solo  por su historia sino también para probar su especialidad: las croquetas y tajadas de bacalao.

Sol

Ángel Sierra

Este destartalado y viejo bar con sus paredes recubiertas de azulejo, antigua barra de zinc y barricas de madera es el punto de encuentro de la plaza de Chueca. Tiene una sala detrás del bar con un falso estilo a viejo pub donde uno puede sentarse. A partir de media noche solo se sirven cañas dobles.

Chueca
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El Boquerón

Solo por pedirte una ración de gambas (a la plancha) acompañada de un vermú (con seltz de grifo incluido) merece la pena. Y mucho. Tienen un saloncito tras la barra donde darse un atracón de notable producto fresco: ostras, percebes, cigalas… Los camareros apenas te conceden una mueca (no digamos una sonrisa) pero en eficiencia y diligencia no tienen rival. En horas punta saldrás con la ropa impregnada del humillo de la plancha pero satisfecho y chupándote los dedos. Para muchos, un plan fijo, un acierto siempre.

Lavapiés

La Venencia

No se ha tocado ni un centímetro de este gloriosamente desgastado bar. Viejos carteles de Jerez, barricas detrás de su mostrador de madera y paredes que recuerdan el humo de décadas de tabaco. Solo sirve fino, manzanilla, palo cortado… junto con una breve pero excelente selección de tapas frías: queso, cecina, mojama… Con la primera ronda siempre unas excelentes olivas para acompañar. Aún anotan la cuenta en tiza sobre la barra. Prohibido escupir y hacer fotos. No aceptan propinas.

Barrio de las Letras
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